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Antofagasta: un retroceso de 30 años

Antofagasta: un retroceso de 30 años

Fue ya en 2014 que advertí enfáticamente cómo las faldas de los cerros de Antofagasta se comenzaban a llenar de verdaderas “favelas”, situación que representé no sólo a la autoridad provincial y regional, sino también a carteras sectoriales como Vivienda y Urbanismo, algo cuya ministra indicó que no era responsabilidad de su cartera. Me dijo que estaban trabajando con los catastros de campamentos del 2011 -en que no teníamos más de 14 conjuntos de viviendas-, y que no había problema en la contención de la necesidad de casa propia, que ya en esa época se calculaba en un déficit de 22 mil unidades en toda la región.

Hoy TECHO calcula la existencia de unos 50 campamentos sólo en la comuna de Antofagasta, con una estimación que en un tenor conservador significa unas 7 mil familias, lo que junto a nuestra complicada situación sanitaria y de medio ambiente explican nuestro drástico empeoramiento en el Índice de Calidad de Vida Urbana (ICVU) 2017. Retrocedimos 22 puntos respecto al año 2016, cuando la capital regional logró el puesto número 28, y que ya retrocedía desde el puesto número 11 obtenido el 2015. Hoy nos situamos en el lugar número 50.

Este fenómeno, junto a la creciente inmigración, significó un alza de un 10% del consumo de agua en la ciudad, con todas las implicancias conocidas para una saturada red, y una sobrepasada planta de tratamiento de aguas servidas. Hemos crecido en tamaño, en extensión geográfica, y población, pero ese crecimiento no está dotado de servicios, donde las tomas de terrenos constituyen zonas inaccesibles para bomberos, ambulancias y camiones de retiro de basura. Curioso fue el caso del campamento Frei Bonn en Calama, donde instalaron un cierre que hace parecer la zona como un fuerte de otras épocas.

Mientras el gobierno hablaba de barrios transitorios para evitar tener a personas en zonas de riesgo aluvional, o ubicadas bajo torres de alta tensión, regularizaba junto a las empresas el consumo de agua y electricidad, lo cual es legítimo considerando que los vecinos se colgaban de los servicios y son elementos de primera necesidad. No obstante, nos lleva a decir directamente algo que nadie se atreve a mencionar: Los campamentos no van a ser erradicados, porque el Estado no tiene ninguna capacidad para hacerlo. Al contrario, tal como la historia de nuestra región lo ha demostrado, se trata de futuras poblaciones. El asunto es afrontar la realidad: cuando los bomberos llegan a apagar un incendio en una toma cercana a torres de alta tensión no pueden mojar sobre las casas porque ocasionarían una catástrofe. Los pozos sépticos emanan gases inflamables que también son un peligro en caso de un siniestro, y en los casos en que no están debidamente conectados he podido comprobar la existencia de casos de Hepatitis A aledaños a ellos.

Hoy tenemos precisamente un brote de hepatitis y un aumento de gonorrea y tuberculosis, mientras que los mismos que indolentemente permitieron el surgimiento de campamentos sin ninguna planificación hoy son candidatos y organizan allí sus comités de vivienda para ganar votos en las próximas elecciones. Hoy somos más pobres, como hace 30 años, y yo sólo pido lo que siempre he pedido: trabajar en equipo, escuchar y dejar de desconfiar. Los gobiernos y los cargos pasan; las ciudades, las tomas y las familias quedan.


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